9 may 2012

Hola, desconocido.



Cabizbaja subió al tren. Apenas alzó la cabeza unos centímetros para comprobar si quedaba algún asiento libre. Lo encontró, a esas horas apenas había gente por las calles. 

Había tenido un día muy duro, lo único que deseaba era llegar a casa, ponerse el pijama y tumbarse en el sofá al lado de su pequeña perra Lala. Se desplomó con desgana en el duro asiento mientras suspiraba y fijó la vista al otro lado de la ventanilla. No era un día bonito, era triste, apagado. Uno de esos días que no apetece nada pasarlo fuera de casa.

El tren se puso en marcha. Le esperaba un largo camino por delante así que se dispuso a sacar su reproductor de música para amenizar un poco, si era posible, el trayecto.


“Batería baja” señaló este.

“Fantástico” pensó desganada. Ahora se pasaría todo el trayecto dándole vueltas al horrible día y empeorándolo más si cabía.

Despedida. Eso era lo único que le había dicho su jefa cuando llegó aquella mañana a trabajar. Ni siquiera motivos le había dado para ello. Incrédula por la situación había recogido sus escasos efectos personales y anduvo por varias horas sin rumbo por la ciudad. Sin siquiera reconocer la zona a la que sus pies la llevaban había continuado andando. 

El tren hizo su primera parada. Absorta en sus pensamientos no se percató de la persona que ahora ocupaba el asiento colindante. Solo hasta que su estómago, hambriento, rugió con furia después de no haber comido nada en horas lo vio. Él sonreía y le tendía algo con la mano.

—Cómetela— acercó un poco más la chocolatina—. Creo que tú la necesitas más que yo.

No pudo evitar sobresaltarse al escuchar la voz de su acompañante, hasta hacía solo unos segundos pensaba que estaba sola. Después de echarle un vistazo apartó la mirada hambrienta de la barrita y miró a su compañero de viaje.

—No hace falta, gracias— dijo avergonzada y un poco desconfiada mientras pasaba la mano por el pelo con nerviosismo.  
—Insisto, pareces no haber tenido un buen día. El chocolate te hará bien—. Volvió a sonreír ampliamente.

Un poco incomoda por la situación acepto el dulce con un tímido “gracias” y aunque no se fiaba del todo, no todos los días un desconocido te ofrece comida, despacio para no parecer más hambrienta de lo que estaba comenzó a comerlo.

A medida que este iba ocupando su estómago el malestar que sentía en su cuerpo disminuía. Después del último bocado relamió sus labios en busca de algún resquicio de chocolate que pudiese haber quedado en ellos.

— ¿Mejor?— preguntó con interés sin perder en ningún momento la sonrisa.
—¡Vaya!— dijo un poco alucinada—. No sabía que podía llegar a ser tan simple—rio—. Es solo chocolate sin embargo siento que me he quitado un peso de encima. Como si todo no hubiese sido tan terrible como en realidad ha sido. ¿Cómo es posible eso?

El trayecto iba acortándose poco a poco. En cada parada el tren se llenaba y vaciaba sucesivamente de personas. Cada una con una historia distinta, alegre o triste. Ella, como si de unos de sus mejores días se tratase permaneció riendo a pesar del desmoronamiento que en pocas horas había sufrido su vida, olvidando en cada intercambio de palabras lo ocurrido, sumergiéndose en aquel instante. Bromeaba acerca de lo injusta que era la vida con el amable hombre que se sentaba a su lado y que desde el primer momento se había mostrado amable e interesado por sus problemas.  

Sin ser totalmente consciente de ello en su interior lo sabía. No había sido simple chocolate lo que había recibido de aquel hombre desconocido sino generosidad, solidaridad y comprensión.  

A veces una simple conversación cordial y un acto afectivo entre dos desconocidos puede ser el mejor remedio para hacer menos duro el día a uno de ellos.


2 comentarios:

  1. Marmotaaaa!! Mira que ha sido cortito pues ya me has hecho desear encontrarme con un desconocido que me ofrezca chocolate =D

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