Cabizbaja subió al tren. Apenas alzó la cabeza unos centímetros
para comprobar si quedaba algún asiento libre. Lo encontró, a esas horas apenas
había gente por las calles.
Había tenido un día muy duro, lo único que deseaba era
llegar a casa, ponerse el pijama y tumbarse en el sofá al lado de su pequeña
perra Lala. Se desplomó con desgana en el duro asiento mientras suspiraba y
fijó la vista al otro lado de la ventanilla. No era un día bonito, era triste,
apagado. Uno de esos días que no apetece nada pasarlo fuera de casa.
El tren se puso en marcha. Le esperaba un largo camino por
delante así que se dispuso a sacar su reproductor de música para amenizar un
poco, si era posible, el trayecto.
“Batería baja” señaló este.
“Fantástico” pensó desganada. Ahora se pasaría todo el
trayecto dándole vueltas al horrible día y empeorándolo más si cabía.
Despedida. Eso era lo único que le había dicho su jefa
cuando llegó aquella mañana a trabajar. Ni siquiera motivos le había dado para
ello. Incrédula por la situación había recogido sus escasos efectos personales y
anduvo por varias horas sin rumbo por la ciudad. Sin siquiera reconocer la zona
a la que sus pies la llevaban había continuado andando.
El tren hizo su primera parada. Absorta en sus pensamientos
no se percató de la persona que ahora ocupaba el asiento colindante. Solo hasta
que su estómago, hambriento, rugió con furia después de no haber comido nada en
horas lo vio. Él sonreía y le tendía algo con la mano.
—Cómetela— acercó un poco más la chocolatina—.
Creo que tú la necesitas más que yo.
No pudo evitar sobresaltarse al escuchar la voz de su
acompañante, hasta hacía solo unos segundos pensaba que estaba sola. Después de
echarle un vistazo apartó la mirada hambrienta de la barrita y miró a su
compañero de viaje.
—No hace falta, gracias— dijo avergonzada y un poco desconfiada mientras pasaba
la mano por el pelo con nerviosismo.
—Insisto, pareces no haber tenido un buen día. El chocolate
te hará bien—.
Volvió a sonreír ampliamente.
Un poco incomoda por la situación acepto el dulce con un
tímido “gracias” y aunque no se fiaba del todo, no todos los días un
desconocido te ofrece comida, despacio para no parecer más hambrienta de lo
que estaba comenzó a comerlo.
A medida que este iba ocupando su estómago el malestar que
sentía en su cuerpo disminuía. Después del último bocado relamió sus labios en
busca de algún resquicio de chocolate que pudiese haber quedado en ellos.
— ¿Mejor?— preguntó con interés sin perder en
ningún momento la sonrisa.
—¡Vaya!— dijo un poco alucinada—.
No sabía que podía llegar a ser tan simple—rio—. Es solo chocolate sin
embargo siento que me he quitado un peso de encima. Como si todo no hubiese
sido tan terrible como en realidad ha sido. ¿Cómo es posible eso?
El trayecto iba acortándose poco a poco. En cada parada el
tren se llenaba y vaciaba sucesivamente de personas. Cada una con una historia
distinta, alegre o triste. Ella, como si de unos de sus mejores días se tratase
permaneció riendo a pesar del desmoronamiento que en pocas horas había sufrido
su vida, olvidando en cada intercambio de palabras lo ocurrido, sumergiéndose
en aquel instante. Bromeaba acerca de lo injusta que era la vida con el amable
hombre que se sentaba a su lado y que desde el primer momento se había mostrado
amable e interesado por sus problemas.
Sin ser totalmente consciente de ello en su interior lo sabía. No había sido simple chocolate lo
que había recibido de aquel hombre desconocido sino generosidad, solidaridad y
comprensión.
A veces una simple conversación cordial y un acto afectivo
entre dos desconocidos puede ser el mejor remedio para hacer menos duro el día a
uno de ellos.

fantabuloso!
ResponderEliminarMarmotaaaa!! Mira que ha sido cortito pues ya me has hecho desear encontrarme con un desconocido que me ofrezca chocolate =D
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