Cabizbaja subió al tren. Apenas alzó la cabeza unos centímetros
para comprobar si quedaba algún asiento libre. Lo encontró, a esas horas apenas
había gente por las calles.
Había tenido un día muy duro, lo único que deseaba era
llegar a casa, ponerse el pijama y tumbarse en el sofá al lado de su pequeña
perra Lala. Se desplomó con desgana en el duro asiento mientras suspiraba y
fijó la vista al otro lado de la ventanilla. No era un día bonito, era triste,
apagado. Uno de esos días que no apetece nada pasarlo fuera de casa.
El tren se puso en marcha. Le esperaba un largo camino por
delante así que se dispuso a sacar su reproductor de música para amenizar un
poco, si era posible, el trayecto.

